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Epílogo: Filosofía de la educación: pasado, presente y futuro


 

Todo hombre es tradicionalista, porque
empieza por ser ya una tradición acumulada.
(Agustín Basave, 1956)


En el invierno de 2000 escribí el ensayo: Tópicos para el estudio y análisis de las filosofías de la educación, en el que respondí al cuestionamiento acerca de la utilidad de ésta  (Cruz Pérez, 2012)
Quienes cuestionan la existencia y no sólo la utilidad de la filosofía de la educación son: 1) los que se han formado en las ciencias y 2) los que se han formado en la filosofía escolástica. Los primeros, disciplinadas sus mentes en el saber tangible, no dan crédito al saber intangible (filosofía). Los segundos, disciplinadas sus mentes en la sistematización teórica y práctica del saber filosófico escolástico, no dan crédito a un saber que no está contenido en su sistema. 
He escrito sistematización teórica y práctica con la intención de introducir al lector en el lenguaje filosófico escolástico. Entre los escolásticos es frecuente escuchar: la ratio studiorum (currículo) se compone de asignaturas sistemáticas (teóricas y prácticas). Las asignaturas sistemáticas teóricas son: lógica (mayor y menor), metafísica (ontología), crítica o teoría del conocimiento (epistemología), antropología filosófica (psicología racional), cosmología (filosofía de la naturaleza) y teodicea (teología natural). Las asignaturas sistemáticas prácticas son: ética o filosofía moral y estética.
En este epílogo reflexiono acerca del pasado, presente y futuro de la filosofía de la educación en el contexto de la filosofía escolástica en diálogo con las filosofías moderna y posmoderna, un tanto en el sentido del planteamiento que Pérez Barajas hace en el prólogo a esta obra: construcción-deconstrucción-reconstrucción. 

El pasado: construcción

El ensayo, al que hago mención al comienzo de este epílogo, responde a cuestionamientos del presente: existencia y utilidad de la filosofía de la educación, pasando a la teoría y práctica educativa por el tamiz del acervo filosófico escolástico. 
Con el acervo filosófico escolástico, la sistematización (teórica y práctica) del saber, es posible responder por: 1) el ser de la educación (sentido ontológico), 2) el proceso del conocimiento de la educación (sentido epistemológico), 3) el tipo de hombre que se quiere formar a través de la educación (sentido antropológico), 4) la relación del hombre con el mundo (sentido cosmológico), 5) la relación del hombre con Dios (sentido teológico), 6) la relación del hombre con el hombre (sentido ético) y 7) la relación del hombre con el arte (sentido estético).
A 17 años de distancia del ensayo al que hago referencia, me permite pasar por el tamiz de la filosofía escolástica a las filosofías de la educación surgidas en la modernidad y posmodernidad. Quizá esto resulte ambicioso, pretensioso o tendencioso, pero hasta ahora no he encontrado una filosofía de la educación sistematizada como lo ha sido la filosofía escolástica.
Algunos versados en filosofía escolástica y no en educación dirán: ninguno de los grandes filósofos maestros de la escolástica se refirieron a la educación, mucho menos a la filosofía de la educación. Los versados en filosofía escolástica y en educación les responderán: cierto, porque ellos se situaron en su tiempo. En ese tiempo no había surgido la pedagogía, ni lo que hoy llamamos ciencias de la educación.
Y a propósito no incluí a la lógica en párrafo anterior, en el que expuse el tamiz filosófico escolástico por el que ha de pasar la teoría y práctica educativa, para hacer uso de ella ahora  y sostener que la filosofía educativa, es un saber práctico, como lo es la ética, la estética y la política.
Esta manera de presentar a la filosofía escolástica de la educación como un saber práctico, surge en la modernidad, con la intención de entrar en diálogo con la organización de la cultura inspirada en la ilustración. La escolástica, como filosofía educativa, en la modernidad y aún hoy (posmodernidad), sigue siendo una forma de organizar la cultura, basta extender la mirada hacia las instituciones que integran el sistema educativo, particularmente las instituciones educativas confesionales.
Entre los representantes de esta filosofía se cuenta a Jacques Maritain (1882-1973) y a Bernard Lonergan (1904-1984). El primero sienta su filosofía de la educación en la escuela aristotélico tomista (Maritain, 1959). El segundo en la tradición filosófica del “bien humano” (Lonergan, 2006). En ambos se nota una filosofía tradicional en diálogo con la modernidad.  
Junto a la filosofía escolástica de la educación, la que ha tenido y tiene lugar en las instituciones confesionales de educación, particularmente en las de inspiración católica, surgieron las filosofías educativas de la modernidad, inspiradas éstas en las ideas ilustradas (empirismo, liberalismo, racionalismo, idealismo). Recordemos que la ilustración es todo un movimiento intelectual nacido en Francia e Inglaterra que dio lugar a diversas corrientes de pensamiento y al surgimiento del Estado moderno.  
No todo lo que escriben los filósofos es filosofía (Moore, 1987). Resulta ilusorio pensar que las primeras obras en filosofía de la educación sean las de los ilustrados John Locke (1632-1704) y Jacques Jacobo Rousseau (1712-1778), del primero Pensamientos sobre la Educación y del segundo Emilio o de la Educación. Ambas obras se reducen a consejos u orientaciones acerca de cómo educar, desde la infancia hasta la juventud, con destinatarios diversos. La obra de Locke es destinada a un amigo suyo, la de Rousseau a las nodrizas.
Figura central para la construcción de la filosofía de la educación en el contexto de la modernidad, es el pragmático estadounidense John Dewey (1859-1952) con su obra Democracia y educación, una introducción a la filosofía de la educación (1916). En ella sostiene Dewey que la educación es una necesidad vital para renovar a la humanidad. Sostiene también que el eje central de la filosofía educativa es la experiencia reflexiva, la que tiene lugar en instituciones socialmente especializadas: las escuelas.  
Un rasgo común en la construcción de la filosofía de la educación es el surgimiento del Estado moderno, impulsado por las ideas de los ilustrados (Locke y Rousseau). Y digo rasgo común porque tanto escolásticos como pragmáticos respondieron a las necesidades del Estado. Dos obras fundamentales vienen a mi mente para justificar la coexistencia escolasticismo-pragmatismo: Ensayo sobre la tolerancia (Locke) y Tratado sobre la tolerancia (Voltaire). En ambas obras se justifica la necesidad de un Estado laico. 
Otro rasgo común en la construcción de la filosofía de la educación es el surgimiento de las ciencias positivas, entre ellas la pedagogía experimental. Los escolásticos sustentan su filosofía de la educación en la teología. Lonergan, por ejemplo, en las conferencias de Cincinnati (verano de 1957), al exponer los valores que ha de sustentar una filosofía (católica) de la educación, distingue valores estéticos, éticos y religiosos. Los valores estéticos y éticos sostienen una la filosofía (laica) de la educación. Los valores religiosos sostienen una filosofía (católica) de la educación y tienen como finalidad, a decir de Lonergan, subordinar los sentimientos a la voluntad y la voluntad a Dios. Su reto es el nuevo conocimiento: la ciencia. Esta filosofía se da en el contexto de un Estado confesional. Los pragmáticos por el contrario sustentan su filosofía de la educación en las ciencias positivas. Dewey, por ejemplo, hace de la experiencia reflexiva el objeto de estudio de la filosofía educativa, como buen y fiel heredero del empirismo y el positivismo. La pedagogía científica (experimental) antecedente necesario para la construcción de la filosofía educativa. 
En este contexto se construye la filosofía de la educación.

El presente: deconstrucción

La filosofía de la educación se construye en la modernidad, se deconstruye en la posmodernidad. Para comprender este planteamiento es necesario tener presente la figura de Nietzsche (1844-1900). Así como en la filosofía clásica antigua hay un antes y un después de Sócrates, en la filosofía actual hay un antes y un después de Nietzsche. Gianni Vattimo (1936-¿?) en El fin de la modernidad (1987) sostiene: el antes de Nietzsche es la modernidad, el después de Nietzsche es la posmodernidad. 
En la modernidad se construye la ciencia y se considera un conocimiento cierto e inamovible. En la posmodernidad se deconstruye la ciencia y se considera un conocimiento fugaz. La modernidad da certidumbres. La posmodernidad da incertidumbres. En la modernidad se explica. En la posmodernidad se interpreta.
Uno de los personajes emblemáticos, por los planteamientos vertidos en su Introducción a la filosofía de la educación (1987), de este período es T. W. Moore (1917- ¿?). Él es quien le va a dar una nueva orientación a la filosofía de la educación. Los filósofos educativos de la modernidad eran filósofos venidos a la educación (Lonergan y Dewey). Los filósofos educativos de la posmodernidad son educadores venidos a la filosofía (Moore). Esto permite hacer filosofía ascendente de la educación. 
La filosofía descendente de la educación inicia en la filosofía y termina en la práctica educativa, muestra de ello son las conferencias de Lonergan en Cincinnati (verano de 1957). En la invitación – a profesores y directores de colegios católicos- a dichas conferencias se lee: un filósofo hablará de educación a educadores. Las conferencias inician con la existencia y utilidad de la filosofía de la educación, continúan con la estructura invariante y variante del bien humano, para terminar con la nueva ciencia: la estructura y enseñanza de las matemáticas, con un enfoque piagetiano. Las conferencias, según las memorias, eran por la mañana y por la tarde, en modalidad de cenáculo, los profesores y directivo asistentes discutían la aplicación de la filosofía a la educación. La filosofía descendente de la educación es filosofía aplicada
La filosofía ascendente de la educación, por el contrario, inicia en la práctica educativa y termina en la filosofía. Muestra de esta filosofía ascendente es la obra de T. W. Moore, en la que inicia con la planeación de la enseñanza (plan de clase y curriculum), continúa con su ejecución y teorización, para terminar en la filosofía. En esta orientación filosófica, la filosofía de la educación se hace, no se aplica.
Para comprender el planeamiento de Moore, es necesario vincular su trabajo al círculo de Viena (1921-1936), para quien la filosofía ha de ser reducida a la lógica y en consecuencia, los problemas de la filosofía tradicional como la metafísica, la inmortalidad del alma, la existencia de Dios, etc. dejan de ser tal, para dar paso al uso del lenguaje, como único problema filosófico. Es significativo para ello el Tractatus lógico-philosophicus (1922) de Wittgenstein (1889-1951). 
Esta nueva orientación de la filosofía, permite hacer filosofía ascendente de la educación. Te preguntarás: ¿Cómo? Cuando el docente planea la enseñanza, lo hace pensando en el qué, en el por qué y en el para qué. El docente piensa con conceptos. Son el contenido del pensamiento cuya expresión lingüística son las palabras, y el docente las aplica para ejecutar la enseñanza, sin ellos es imposible pensar. En la argumentación de su plan didáctico, para comunicarse expresa conceptos mediante un lenguaje. En las academias o grupos colegiados los usa, etc. Ello permite construir teorías en educación, que no son más que la sistematización de la expresión lingüística de conceptos. En seguida, una vez teorizada la práctica educativa, hace filosofía de la educación al analizar su uso lingüístico y su significado en la teoría. La filosofía de la educación, en la nueva orientación filosófica, se reduce al análisis lingüístico de las teorías de la educación.
En la posmodernidad, paralela a la orientación lingüística filosófica, se ha dado también una orientación epistemológica a la filosofía de la educación, cimentada en la complejidad del pensamiento. Tres obras de Edgar Morín dan cuenta de ello: Los siete saberes necesarios para la educación del futuro (1999), La cabeza bien puesta (1999) y Educar en la era planetaria (2002). En ellas Morín invita a pensar la reforma educativa, así como a reformar el pensamiento. Su propuesta: el pensamiento complejo como método de aprendizaje en el error y la incertidumbre humana. No profundizo más en ello dado que Rosas Rivera lo ha hecho magistralmente en este mismo trabajo.
Hay algunos otros que han reflexionado en torno a la educación posmoderna, mejor, en la posmodernidad, como son Zygmunt Bauman (1925-2017) y Gianni Vattimo (1936-¿?). Estos autores más que hacer filosofía de la educación, hacen sociología de la educación, aunque no dejan de ser interesantes sus planteamientos, tales como la educación líquida (Bauman) y el pensamiento débil (Vattimo). 
No quiero terminar este aparato sin señalar: los personajes aquí mencionados los ubico en la posmodernidad (presente) no sólo porque su existencia se haya situada en el tiempo después de Nietzsche, sino porque sus planteamientos deconstruyen lo construido en el pasado (modernidad). Es claro el caso de Maritain y Lonergan, sus existencias se sitúan después de Nietzsche, pero sus planteamientos construyen, sistematizan el saber filosófico de la educación. 
Mi existencia se sitúa en la posmodernidad (cuando hago filosofía), pero mi pensamiento puede que se sitúe en la modernidad (cuando enseño filosofía).

Futuro: reconstrucción     

Al llegar a este apartado del Epílogo y habiendo planteado la existencia de las filosofías descendentes y ascendentes de la educación, unas de corte escolástica y pragmática y otra de corte analítico lingüístico, me vienen a la memoria dos obras fundantes para este apartado: Una nueva edad media (1924) de Nikolái Berdiáyev y Hacia una nueva edad media (1972) de Umberto Eco, en las que ambos autores hacen un rescate positivo de las aportaciones de este periodo. Berdiáyev sostiene: el fin de la modernidad es el fin del renacimiento, pues en éste se concibió. Eco distingue tres renacimientos: el carolingio, el de los siglos XI y XII y el renacimiento propiamente dicho. Del renacimiento carolingio son las escuelas de primeras letras, del renacimiento de los siglos XI y XII son las universidades, las que dan origen al escolasticismo.
¿Por qué sostener un periodo de reconstrucción de la filosofía de la educación? Por la sencilla razón de que algunos consideramos una necesidad urgente, en los ambientes educativos, que los educandos (docentes y discentes) se den cuenta que las asperezas surgidas entre la edad media y la modernidad son producto de interpretaciones mal intencionada de los ilustrados. 
Esto me hace valorar la obra de Octavi Fullat (1928), quien desde los años 70’s del siglo pasado se ha dado a la tarea de reconstruir una filosofía de la educación, conciliando a la ciencia surgida en la modernidad y a las filosofía surgidas en el medievo, -hago referencia al medievo porque es en este periodo donde surgen las escuelas como instituciones especializadas en educación, dato que los modernistas o lo han ocultado o lo han ignorado-, muestra de ello son sus obras Filosofías de la educación (1977) y Homo educandus (2008) en las que cimenta el acto educativo en la estructura educanda del hombre: código genético-cerebralización-cultura, además de que en la estructura (didáctica) de sus textos, atiende perfectamente las exigencias de las filosofías educativas de la modernidad (descendentes) y la posmodernidad (ascendentes). Sus argumentaciones filosóficas de la educación lo mismo se sostienen en Platón y Aristóteles como en Agustín, Tomás de Aquino, Boecio, Kant, Heidegger, Nietzsche, por mencionar sólo a algunos filósofos y con originalidad interpretativa. 
Valoro también las obras de Agustín Basave Fernández del Valle (1923-2006) Estructura y misión de la universidad (1957) y Ser y quehacer de la universidad (1972), en las que expone su filosofía educativa. La primera es una conferencia que pronunció con motivo del primer centenario del Colegio Civil (antecedente de la Universidad de Nuevo León, hoy Universidad Autónoma de Nuevo León), la segunda es una amplia investigación sobre la identidad de la universidad. 
En la conferencia sostiene Basave: el fin primordial de la universidad es el cultivo de las inteligencias para que estén en condiciones de comprender todo (…) ni la ciencia ni la sociedad pueden ser el objeto primordial de la universidad  (objetos en los que habían hecho énfasis las universidades modernas). También sostiene: (…) no basta cultivar la inteligencia: el ser humano no es inteligencia pura, sino también voluntad (tiende a la verdad y al bien), (…) se requiere, en consecuencia, formar buenas voluntades. Su propuesta: una universidad personalista.
En ser y quehacer de la universidad (1972) Fernández del Valle propone un nuevo humanismo universitario, al que entiende como una búsqueda, establecimiento y exaltación de los más altos valores de la cultura, que se muestra en una comprensión objetiva de la persona humana en todas sus posibilidades: ciencia, moralidad, filosofía, historia, arte. Basave hace énfasis en un humanismo integral, pues sin él, el humanismo universitario cae en humanismos unilaterales, mutilados. 
Así como Nietzsche en su Sobre el porvenir de las instituciones educativas hizo una severa crítica a la educación que se impartía en las instituciones modernas, así Fernández del Valle hace una severa crítica a la educación dada en las universidades posmodernas, con la única diferencia, de que de éste último, sus propuestas fueron tomadas y operadas por instituciones mexicanas de educación superior. 
Quiero terminar este Epílogo con los trabajos de Martha C. Nusbaum (1947-¿?): El cultivo de la humanidad: una defensa clásica de la reforma en la educación liberal (1997) y Sin fines de lucro: por qué la democracia necesita de las humanidades (2010). Nussbaum en estas obras reflexiona la filosofía de la educación desde el socratismo y hace sentir a sus lectores la necesidad de volver a la filosofía clásica antigua, cimiento de la civilización occidental.
Nova et vetera (lo nuevo y lo viejo) es el principio de la reconstrucción de la filosofía de la educación.    

                                                                                                                        

Jorge Luis Cruz Pérez

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